martes, 9 de octubre de 2007


Llegaron por miles. Las embarcaciones habían conseguido abrir una ruta hasta la mismísima costa de los Estados Unidos. Cientos de embarcaciones esperaban su turno fondeadas en la bahía de Hudson mientras las autoridades portuarias registraban a los recién llegados en los improvisados check point de los muelles de Nueva York. Las mareas de inmigrantes habían roto el cerco que Frontex, el organismo de control de fronteras de la todopoderosa vecina Unión Europea, había levantado desde las Canarias hasta las costas de Chipre. En las playas de Mauritania y Senegal, las mafias habían dejado de existir hacía ya tiempo y habían sido sustituidas por emergentes industrias con sello legal y pasaje con derecho a tres intentos de arribe a puerto. La llegada de tantos inmigrantes en tan poco tiempo había desbordado las proyecciones, los planes de las autoridades. La isla de Manhattan hubo de acoger a los recién llegados. Se montaron miles de tiendas en Central Park...
Hoy la ciudad de los rascacielos es también la de las tiendas de lona. Y la miseria es eso que los vecinos de los cinco distritos metropolitanos esquivan con la mirada mientras salen a pasear a su perro al caer la noche.

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